Aztecas, mayas, egipcios…
Las grandes civilizaciones han tenido siempre sus propios calendarios.
Y ahora Jomío tiene el suyo propio: el Calendario Lácteo. Cuyo objetivo es jugar al despiste con la rubia y no saber nunca si ese día toca tomar leche o tratamiento de belleza a base de mascarilla hidratante de yogur de plátano.
Cuando nació y hasta los 4 meses bien que se enroscaba a la teta como una pitón. Te ordeñaba con tanta maña que te hacía el vacío en el pecho y te sacaba pómulo a lo Mario Vaquerizo. Al cuarto mes volviste al ruedo y te dejó muy claro por dónde podías meterte los biberones, pero al menos aceptaba los yogures. Pero ahora ya le ha declarado la guerra abierta al zumo de vaca y todos sus derivados.
Has probado de todo. Has comprado todos los productos lácteos que has encontrado en el supermercado y has hecho las mil y una combinaciones. Sólo te falta ofrecerle un capuccino o un caraja-baileys.
“Tiene que tomar por lo menos 500ml de leche al día” La voz de pediatror te atormenta cada mañana cuando abres la nevera y se te caen encima los 4 breaks de leche, los 36 yogures, las natillas, los petit suisse y los quesitos que han brotado en tu nevera por generación espontánea.
Encima el día que toca tratamiento de belleza, conseguir que no se haga una mascarilla con el yogur te cuesta medio hígado, 12 canas y 3 patas de gallo tratando de intimidarle poniendo cara de Clint Eastwood cuando hace sol.
Porque Jomío el tema de la autoridad no lo tiene muy claro y necesitas reforzar el mensaje.
“Jomío, mamá está muy enfadada”. Aplaude.
“Jomío, ven aquí con mamá”. Arranca en dirección opuesta gateando como un rayo y chillando como una rata.
“Jomío, la comida no se tira”. Comida, plato, cubierto, vaso y paciencia al suelo haciendo triple axel.
“Jomío, no te pongas tan cerca del televisor”. Se atraganta con un puñao de píxeles.
