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jueves, 13 de octubre de 2011

Naomi Campbell + Candy Candy = La Rubia


Tienes una amiga que está muy metida en el mundo de la moda y de vez en cuando, apiadándose de tu actual vida social de champiñón, te llama para invitarte a alguno de los eventos que organiza su firma. Y tal es tu añoranza por aquellas birras de martes que acababan en gintonics que a pesar de que te llama con tan sólo 1 hora de antelación, activas el código rojo y le dices que por supuesto, que tu culo y tú estaréis ahí dándolo todo, como antaño.

No llamas, exiges la presencia de tu santo en casa, la de la niñera por si acaso, dejas cena para todos y haces una bomba de humo para desaparecer de tu casa sin que monstruo monte un cristo y te plantas en el desfile. No sin antes, dejar enganchados en los útiles a la par que antiestéticos imanes de la nevera el teléfono de los abuelos, los bomberos, el ejército de tierra, el de mar y los GEOS. Toda precaución es poca con un monstruo de caracolitos rubios cerca y un padre que en lugar de apiretal dice “apidural”.

A la hora pertinente te personas en el evento y en seguida identificas a tu amiga dando órdenes y poniendo a todo el mundo tieso. Entras con la comitiva que la sigue y tal y como pisas el recinto te enchufan una botellita “benjamín” de cava con una especie de copa de plástico enroscada en el cuello de la botella. Todo sea por conservar impoluto tu barra de labios Lancôme de larga duración perfect gloss diamants flash flash oigh oigh que te peich.

Coges tu botellita y te diriges hacia la pasarela en busca de un lugar cómodo, estratégico y discreto para poder disfrutar del desfile. Pero tu amiga ya te ha asignado un asiento. ¿En el front row? ¿¿yoo y mis ojeras de madre novata al lado de las celebrities?? Pero te obliga y además vuestras amigas ya están allí esperándote. “Ea, nay má que joerse”. Entre esto y los servicios sociales que tuviste que hacer hace unos años por conducir un poquiiiito ebria (esta historia otro día) cada día te pareces más a Naomi Campbell. Salvo en la concentración de melanina y la cuenta corriente; el blanco de los ojos, la mala leche y los antecedentes penales los tenéis clavaditos.


Empieza el desfile. Se apagan las luces. Sale un modelo, escuálido, sale otro, inverbe, sale otro, pestañeas, abres los ojos y el desfile ha terminado. 2 meses de trabajo, 3 amagos de infarto, 4 cenas de nenas canceladas y una crisis matrimonial de tu amiga, comprimidos en 20 minutos.

En el backstage os encontráis la fauna habitual: niños semidesnudos que te hacen sentir vieja y “salida”, fotógrafos y cámaras de televisión, el diseñador en cuestión rodeado de prensa y más botellitas de vino blanco y cava, con copa incluida en forma de rosa, lo más. Te apalancas una de éstas y te la bebes, mmmm que fresquita…Pillas otra…mmm….

Varias botellitas después os vais. Mierda, “tas tajao”.

“¿Te vienes a cenar?” Te pregunta tu amiga. Por supuesto, el móvil no ha sonado ergo la casa no está ardiendo y el enano no ha necesitado “apidural”. Además con el pedo que llevas necesitas comer algo. Y os vais a un japonés muy chachi delante del mar. Un restaurante increíble, exquisito, romántico, tranquilo y caro de cojones. Donde devoras en minuto y medio bajo la atenta y perpleja mirada del resto de comensales unos rollitos de ternera con verduras como si no existiera un mañana.

Para rematar la noche os invitan a tomar una copa en el Casino. Y ahí ya te plantas, tienes el petardímetro rozando el umbral del dolor y parece que empieza a bajar el pedo tontorrón de cava así que tras un flashazo del monstruo de los caracolitos rubios sonriéndote (y otro destrozando la casa) decides despedirte de los presentes y poner rumbo al hogar. Cuando llegas, te vas directa a su cuarto a quedarte como un pasmarote mirándolo mientras duerme. Tiene una pierna colgando, los caracolitos despeinados, la mitad del zoo con el que duerme en el suelo, la otra mitad dentro de la cuna y 7 chupetes que han sido lanzados con efecto, esparcidos por la habitación.

Desde que supiste que estabas embarazada empezaste a echar de menos todos los pedos tontorrones que no podrías pillarte y sus consecuentes resaquillas. Y ahora, cuando tienes la ocasión de volver a hacerlo, te pasas la noche deseando que llegue la hora de volver a casa, bajarte de los tacones, meterte en tu modelito de madre y tirarte media hora asomada a una cuna en modo Candy Candy.

Desde luego los caminos de la maternidad son inescrutables.

Pd. Tu resaca te envía saludos.