En un hermoso barrio de una lejana ciudad, una bella princesa de esbelto porte fue víctima de una maldición al nacer. Debido a esa maldición vivía recluida en el fondo de una oscura habitación custodiada por una malvada bruja de cabellos dorados.
Una mañana, en un despiste de la malvada bruja la puerta quedó entreabierta y un apuesto, testarudo y decidido caballero de caracolitos rubios que pasaba por allí se quedó prendado de la belleza de tan esbelta y prisionera damisela. Y sin más dilación corrió presto a rescatarla de las garras de la malvada bruja.
Al grito de “tatatatatatatata” y empujando el cochecito en dirección a su amada para derribar los obstáculos que la malvada bruja había puesto para impedir la liberación de su prisionera, el apuesto caballero logró agarrar con sus fuertes brazos mulliditos bracitos a la prisionera y sacarla en volandas de su prisión.
Sin embargo, la malvada bruja les esperaba al final del pasillo preparada para recuperar a su prisionera e impedir que se fugara con tan apuesto caballero. Tras una ardua pelea, forcejeos varios y grititos castrati, la malvada bruja se hizo con su prisionera ante la impotencia del caballero cuya atención se debatía entre las piruetas del pato de Baby Einstein y el rescate de su amada.
Pero de repente apareció el Gran Mago peludo a lomos de su plateado corcel Vespa y con un par de besos y blandiendo una botella de Rioja en la mano a modo de ofrenda, la malvada bruja desistió en su empeño y pudieron así el apuesto caballero y la esbelta princesa, ser felices y comer perdices (hasta la hora del baño).
Nota: "Jomío, la escoba no es para jugar. No, no cabe en tu cuna ni tampoco en la taza del wc, su sitio está en el lavadero y sí, me vendo por una copa de vino con tu padre".

